| ★ POLÍTICA |
(★) Japón.- Las urnas niponas definen este domingo el futuro de un país que acelera su transformación en potencia bélica mientras enfrenta parálisis presupuestaria y tensiones con China.
La primera ministra Sanae Takaichi disolvió la Cámara de Representantes el 23 de enero en lo que analistas califican como una maniobra electoral oportunista. Al paralizar la aprobación del presupuesto 2026, su gobierno priorizó cálculos políticos sobre las necesidades ciudadanas. La estrategia busca capitalizar índices de aprova-ción del 70% antes de que investigaciones sobre financiamiento irregular de la Iglesia de la Unificación al Partido Liberal Democrático (PLD) erosionen su popularidad.
Al tiempo que Takaichi promete eliminar temporalmente impuestos a alimentos -medida vista como puro clientelismo electoral-, su gobierno impulsa el mayor gasto militar de la historia japonesa: 9 billones de yenes para 2026. Esta cifra representa un salto del 20% anual, muy superior al 7% de aumento chino, consolidando una carrera armamentista que convierte a Okinawa en línea de frente ante un posible conflicto por Taiwán.
La oposición se reorganiza. La histórica alianza entre comunistas y socialdemócratas se profundiza ante el avance conservador, al mismo tiempo que el partido Komeito abandonó la coalición gubernamental para unirse al Partido Democrático Constitucional, formando una "Alianza de Reforma Centrista" que podría provocar un cambio de gobierno. Los partidos de izquierda enfrentan su propia crisis: el discurso pacifista tradicional no conecta con jóvenes preocupados por salarios y condiciones laborales, lo que explica el retroceso electoral del Partido Comunista.
En paralelo, crece el rechazo ciudadano. Comediantes como Zenzirō critican abiertamente lo que llaman "teatro de víctima" de Takaichi, señalando que "los poderosos que se hacen las víctimas dan vergüenza ajena". Movimientos en Okinawa y todo el país protestan contra un presupuesto bélico que prioriza misiles y drones sobre servicios sociales. El modelo neoliberal japonés muestra sus grietas: al tiempo que se destinan billones a la guerra, se paraliza el presupuesto nacional, afectando economía y vida cotidiana.
Las elecciones definen si Japón continuará como satélite militar estadounidense -con gastos que podrían alcanzar el 3,5% del PIB exigido por Washington- o si emergerán alternativas que prioricen paz, soberanía y justicia social sobre la lógica belicista impuesta desde el régimen Trump.




























