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EL DESPOTISMO INVISIBLE: CUANDO LAS INSTITUCIONES DEMOCRÁTICAS SE CONVIERTEN EN DECORADO PARA EL EJERCICIO ARBITRARIO DEL PODER ECONÓMICO

| ★ EDITORIAL |

(★).- ¿Por qué titubear ante la palabra? Estados Unidos y Argentina exhiben síntomas clásicos de despotismo contemporáneo: no gobierna la ley, sino la impunidad selectiva. 

Cuando la Corte Suprema norteamericana concede inmunidad virtual al presidente, o cuando el Departamento de Justicia prioriza a corporaciones sobre ciudadanos, el "Estado de derecho" muta en oxímoron decorativo. En Argentina, el fenómeno se radicaliza bajo retórica libertaria. Milei no necesitó disolver el Congreso porque ya lo capturó: el Legislativo opera como sucursal de intereses financieros, votando la concentración de riqueza mientras normaliza la precariedad.
La Justicia, omisa ante corruptiones de castas protegidas y despiadada con protesta social, confirma su naturaleza de servicio VIP para élites. No llamamos despotismo a esto porque confundimos forma con sustancia. Mientras existan elecciones periódicas—aunque sean competencias donde el dinero habla más que el voto—y tribunales que funcionan físicamente, creemos habitar democracias. Pero el despotismo del siglo XXI es sofisticado: no prohíbe partidos, los financia; no cierra tribunales, los coopta; no proscribe prensa, la adquiere.
Cuando el poder económico integra al Estado sin mediaciones, cuando la corrupción deja de ser excepción para convertirse en arquitectura institucional, estamos ante tiranía con corbata. Llamarle de otra manera es simplemente complicidad semántica.

La resistencia que no se rinde
Frente a este despotismo invisible, la organización popular emerge como antídoto. En Argentina, mientras el Senado bloquea la designación de la Defensoría de Niñez por seis meses, dejando a casi la mitad de las infancias en pobreza, el movimiento obrero se unifica en un plan de lucha nacional contra la reforma laboral que busca retroceder cien años en derechos conquistados. Más de 80 organizaciones gremiales coordinan movilizaciones masivas y un paro general para el 11 de febrero, demostrando que cuando las instituciones fallan, la calle se convierte en parlamento.
En Uruguay, mientras el gobierno autoriza prospecciones petroleras que amenazan el ecosistema marino, la Asamblea por un Mar Libre de Petroleras convoca movilizaciones en todas las playas del país. En Brasil, el MST fortalece su brigada internacionalista en Venezuela, demostrando que la solidaridad concreta es la mejor respuesta al imperialismo. Y en Cuba, mientras el régimen Trump impone un bloqueo total de combustible y declara "emergencia nacional" contra la isla, entra en vigor un Código de la Niñez que coloca a las nuevas generaciones en el centro del desarrollo social.

La memoria como trinchera
A 17 años de la desaparición forzada de Luciano Arruga, el Espacio de Memoria que lleva su nombre funciona como trinchera de resistencia: sostiene apoyo escolar, meriendas para lxs niñxs de los barrios y construye un archivo de memoria colectiva. Cuando el Estado desaparece pibxs, la memoria se hace colectiva y la justicia, una construcción popular.
El despotismo invisible opera con elegancia burocrática: no necesita tanques en las calles cuando tiene algoritmos que controlan el acceso a derechos básicos. No requiere censura abierta cuando los medios masivos pertenecen a cinco corporaciones. No precisa prohibir la protesta cuando la criminaliza selectivamente. Pero en cada festival antirracista, en cada encuentro obrero frente a las fábricas, en cada movilización por el mar libre de petroleras, se construye la democracia real que el despotismo invisible pretende suplantar.

La pregunta no es si vivimos bajo despotismo, sino cuánto tiempo más aceptaremos llamar democracia a este decorado institucional que sirve intereses económicos concentrados. La respuesta está en las calles, en las asambleas, en la organización popular que no se resigna a ser espectadora de su propio desmantelamiento.

LA SEGUNDA OPORTUNIDAD QUE NOS NIEGAN

| ★ EDITORIAL |

(★).- Cuando García Márquez recibió el Nobel, imaginó una América Latina sin soledad. Hoy, con Venezuela bombardeada y los progresismos retrocediendo, su profecía se cumple con cruel ironía.

"Las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra". Gabo lo dijo en Estocolmo en 1982, pero hoy suena a diagnóstico de autopsia política. Mientras el régimen Trump bombardea Caracas, secuestra a Maduro y vende petróleo venezolano como botín colonial, América Latina vive su propio Macondo: la soledad de los pueblos que creyeron en la segunda oportunidad y descubrieron que el imperio no perdona.
La escena es grotesca: María Corina Machado, Nobel de la Paz 2025, entrega su medalla a Trump en la Casa Blanca mientras el régimen despliega 3.000 agentes para reprimir protestas en Minneapolis, es decir, se postra también ante quien ordenó el ataque del 3 de enero de 2026 que dejó más de cien muertos y secuestró al presidente venezolano. Pero la farsa macabra que Gabo describiría con su realismo mágico también tendría otra faceta: la resistencia del gobierno chavista que se convierte en sumisión, el antiimperialismo que negocia con sus secuestradores, declarando el ataque al pueblo venezolano como "criminal" y dispuesta -la presidenta- a ir a Washington a negociar con ese mismo criminal.
Pero la soledad no es solo venezolana. En Argentina, Milei prepara el combo letal: reforma laboral que precariza y modificación de la Ley de Glaciares que entrega el agua a las mineras. Mientras, el ministro Santilli recorre provincias para imponer la agenda antisindical. Los trabajadores de Lácteos Verónica ocupan plantas tras el vaciamiento patronal que dejó 700 familias en la calle. El Cabildo de la Salud se levanta contra la privatización hospitalaria. Cada lucha es un Macondo aislado, condenado a su soledad.
García Márquez soñó con "una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir". Hoy, Trump decide cómo mueren los venezolanos, Milei decide cómo mueren los derechos laborales, las transnacionales deciden cómo mueren los glaciares. La utopía arrasadora se convirtió en distopía neoliberal.
Sin embargo, en medio de la soledad, brotan resistencias que Gabo reconocería: los estudiantes de Minnesota que desafían la máquina represiva de Trump, los cubanos que reciben a sus héroes caídos en Venezuela, los libros de Taibo II que cruzan fronteras como semillas de rebeldía. La Operación Milagro en Nicaragua devuelve la vista a 364 mil personas, demostrando que la salud pública puede ser política de Estado, no negocio.
Gabo habló del "derecho de soñar" y de "una vida mejor para todos". Hoy ese derecho se defiende en las calles de Minneapolis, en las plantas ocupadas de Santa Fe, en los hospitales públicos argentinos, en la solidaridad cubana. La segunda oportunidad no nos la darán: la tendremos que arrancar con las uñas, rompiendo la soledad que nos condena. Porque si algo nos enseñó Macondo es que las estirpes que se organizan sí tienen segunda oportunidad, aunque el imperio insista en negársela.

LA FELICIDAD DE COMPRAR: EL TURISMO COMO NOTICIA Y EL BOMBARDEO CONSUMISTA

| ★ EDITORIAL |

(★) @SR.ar.-  Mientras los medios venden paraísos artificiales, los pueblos construyen resistencia en las calles

Parece que Zygmunt Bauman tenía razón: "Ya no somos lo que hacemos, sino lo que compramos". Pero lo que el filósofo no anticipó es que los medios masivos convertirían esta máxima en un bombardeo permanente de turismo como noticia, pletórica de felicidad y familia, al tiempo que ocultan u opacan sistemáticamente las luchas que realmente transforman sociedades. Mientras las pantallas muestran playas paradisíacas y experiencias empaquetadas, en Bolivia los mineros estatales enfrentan con dinamita un decreto que dispara los combustibles 160%, en Argentina las comunidades wichi resisten con machetes a usurpadores armados, y en Chiapas el zapatismo cumple 32 años construyendo "otra forma de ser felices" basada en autonomía comunitaria, no en consumo.
En esta Argentina en la cual los Sturzenegger (que se reproducen en cada esquina) declaran "héroes de la producción" a quienes fugan dólares vacacionando en Punta del Este, a la vez que en un acto el gobierno de Milei crea una policía secreta con poder de detención y desmantela la educación pública con el presupuesto universitario más bajo desde 2005. Aquí los medios hegemónicos celebran la fuga turística como patriotismo económico, y silencian (o como aquellas noticias que "aburren" anuncian al pasar) que el 85% de los nuevos empleos son informales y que los trabajadores precarizados ganan 57% menos que sus pares registrados.
Esta distorsión informativa no es inocente. Cuando Bloomberg Línea calcula minuciosamente cuánto le cuesta a una empresa colombiana un trabajador con salario mínimo, pero omite que 24 millones de personas mejorarán sus ingresos, está operando como aparato ideológico del capital. Cuando los grandes medios naturalizan que vacacionar en Uruguay sea "acto patriótico" (y hacer la cola para embarcar un acto de angélica y merecida bienandanza) pero criminalizan la protesta ambiental contra la modificación de la Ley de Glaciares, están construyendo una ciudadanía pasiva, consumidora de imágenes antes que protagonista de su historia.
La verdadera felicidad, la que no se agota al terminar el viaje, se construye en las calles de La Paz donde la Central Obrera Boliviana lidera protestas masivas, en los territorios autónomos zapatistas donde se practica el "mandar obedeciendo", en las asambleas populares brasileñas que empujaron a Lula a enfrentar a las élites. Mientras el turismo vende identidades desechables, los pueblos organizados construyen soberanía: Cuba resiste 67 años de bloqueo con solidaridad internacional, Haití carga 222 años con la deuda por atreverse a ser libre, las comunidades indígenas/campesinas defienden glaciares que perdieron 36% de su superficie por el extractivismo.
Bauman diagnosticó la "trampa de la satisfacción", pero no vivió para ver cómo los medios convertirían esa trampa en noticia permanente. La felicidad no tiene precio de paquete turístico: se teje en la solidaridad que sostuvo al Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, en la organización obrera que hoy lleva a juicio a Molinos Río de la Plata por entregar trabajadores a la dictadura, en la resistencia que hace temblar al mundo de arriba cuando los de abajo se miran de frente. Los medios venden destinos, los pueblos construyen destino.

2026: EL AÑO DONDE LAS RESISTENCIAS POPULARES PODRÍAN CAMBIAR EL MUNDO

| ★ DESEOS DE 2026 |

(★).- Desde el equipo periodístico/popular de SinRegistro.ar:

Para este 2026, deseamos ver brotar la unidad entre las luchas que hoy parecen dispersas. Que las vecinas que enfrentan el desalojo, los pibes que resisten, las docentes que paran frente a la precarización, los cartoneros que organizan rutas de reciclaje y las abuelas que custodian la medicina popular terminen encontrándose en la misma esquina, bajo la misma bandera, aunque sea tejida de urgencias comunes.
Anhelamos que la solidaridad deje de ser un gesto individual para convertirse en la trama invisible que sostenga nuestras barriadas. Que el respeto por lo diverso deje de ser un discurso y se transforme en la práctica cotidiana de quienes comparten el mate en la esquina, la asamblea en la plaza o la olla popular en la puerta del colegio.
Imaginamos este año como el momento donde la crueldad del modelo que despide, desaloja y desguaza, encuentre su límite en la capacidad de organización de quienes ya no aguantamos. No pedimos milagros: pedimos que las semillas que hoy plantamos entre ladridos y gases, entre asambleas nocturnas y meriendas compartidas, terminen germinando en proyectos comunitarios que nos permitan respirar.
Queremos que 2026 sea recordado como el año donde la lógica del "cada uno se salva como puede" empezó a resquebrajarse frente a la evidencia de que sólo el "todxs o nadie" nos garantiza un futuro. No pedimos un mundo nuevo: construimos cada día pequeños mundos posibles en cada rincón donde la gente decide que la vida vale más que la ganancia.
Que este año encuentre a SinRegistro.ar siguiendo esas huellas, registrando esas voces, multiplicando esas experiencias. Porque nuestro mayor deseo es terminar siendo el testimonio de que fue cierto: que cuando los de abajo nos miramos de frente, el mundo de arriba tiembla, se derrumba. 

LA HIPOCRESÍA MEDIÁTICA: DICTADURA ES LA QUE TE DICEN

| ★ EDITORIAL |

(★).- Mientras Infobae, Clarín y La Nación demonizan a Venezuela, callan sobre la dictadura real que opera desde Washington y sus archivos Epstein.
La doble vara de los grandes medios es tan descarada que da risa. Mientras repiten como loros "régimen venezolano" y "dictadura chavista", guardan un silencio cómplice sobre la verdadera dictadura que opera desde Washington. Los archivos Epstein, que muestran cómo el sistema estadounidense protegió durante décadas a un depredador sexual vinculado a las más altas esferas del poder, son apenas la punta del iceberg de una democracia de cartón.
La administración Trump incumplió flagrantemente la ley al no liberar todos los documentos, utilizando redacciones masivas que incluyen páginas completamente ennegrecidas. Esta opacidad calculada aclara o demuestra lo qué intentan ocultar. Mientras el foco se desplaza hacia figuras como Bill Clinton como cortina de humo, minimiza la presencia de Trump en los archivos a pesar de su conocida amistad con Epstein durante años.
Lo verdaderamente revelador aparece en los márgenes: documentos que confirman que ya en 1996, María Farmer denunció a Epstein por pornografía infantil ante el FBI. El sistema supo durante casi un cuarto de siglo y no actuó. Las víctimas esperaron mientras la red de poder protegía a sus miembros. La publicación parcial y politizada de estos archivos demuestra que, incluso bajo presión legislativa, el establishment logra dirigir las miradas hacia el espectáculo mediático sobre figuras perimidas y vacías de poder, para proteger a funcionarios actuales del gobierno de EEUU.
Son estos mismos medios que se rasgan las vestiduras por Venezuela y callan sobre cómo Puerto Rico sigue siendo una colonia estadounidense, donde bases militares como Roosevelt Roads han contaminado tierras con mercurio, plomo y explosivos, aumentando la incidencia de cáncer y daños neurológicos en la población. Desde allí partieron las tropas que derrocaron a Jacobo Árbenz en 1954, y hoy preparan agresiones contra Venezuela con las mismas mentiras sobre armas de destrucción masiva que nunca existieron.
La hipocresía alcanza niveles cómicos: medios que llaman "dictadura" a un gobierno electo democráticamente, e ignoran que Argentina votó junto a Estados Unidos contra metas de la ONU que buscarían salvar millones de vidas, alineándose con la agenda ultraconservadora de Trump y antivacunas como Robert Kennedy Jr. ¿Eso es democracia? ¿O es la dictadura del capital sobre la vida de las personas?
La verdadera dictadura no es la que te muestran en pantalla, sino la que opera desde las sombras, protegiendo a depredadores, contaminando territorios colonizados y priorizando ganancias sobre derechos humanos. Los medios hegemónicos no son periodistas: son voceros de un sistema que necesita demonizar a algunos para ocultar sus propias miserias. La próxima vez que escuches "régimen venezolano", pregúntate: ¿quién realmente tiene algo que esconder? ¿Qué quieren que no te enteres? ¿Qué negocio quieren asegurarse los más ricos del mundo?
Los sistemas judiciales y mediáticos se han vuelto la mejor herramienta de control... Bueno...  y los títeres políticos descartables de dictadura blandas. 

LA SOCIEDAD QUE SE VOTÓ A SÍ MISMA EN EL ABISMO

| ★ EDITORIAL |

(★).- Mientras el gobierno de Milei desmantela derechos y entrega bienes comunes, la resistencia popular crece en las calles, pero la pregunta incómoda persiste: ¿cómo llegamos a votar esta porquería?

El pueblo argentino tiene el gobierno que se merece, dicen algunos cínicos. Pero la verdad duele más: tenemos el gobierno que votamos. Y mientras las calles se llenan de trabajadores del Garrahan reclamando por la salud pública, de jubilados golpeados por la represión de los miércoles, de mendocinos marchando más de 100 kilómetros para defender el agua de la megaminería, la pregunta que quema es: ¿dónde estaba esa conciencia social cuando pusimos la boleta de Milei en la urna?

La contradicción es obscena. Por un lado, la resistencia se organiza: la "Remada Soberana" que une Victoria con Rosario para defender el Paraná de su dragado extractivista; las miles de personas que en Mendoza corean "el agua no se negocia" frente a un proyecto minero que consumirá cientos de litros por segundo en una provincia con crisis hídrica estructural; los trabajadores bancarios de Tucumán golpeados por la policía cuando reclamaban por maltrato laboral. Por otro, un gobierno que celebra la entrega de nuestros ríos, puertos, aduanas y recursos naturales como si fueran mercancías en liquidación.

¿Qué clase de consenso social es este que permite que cinco senadores peronistas en Mendoza crucen la línea para apoyar al gobierno radical y entregar la cuenca del Río Mendoza a las multinacionales mineras? ¿Qué pacto tácito hemos firmado como sociedad para aceptar que la reforma laboral busque desarticular décadas de conquistas sindicales, reduciendo indemnizaciones, eliminando la ultraactividad de los convenios y limitando el derecho a huelga?

La declaración de más de 200 intelectuales, dirigentes y activistas a dos años del gobierno de Milei es clara: "Vinieron para ello. Colapsadas las principales variables económicas Milei recurrió a Trump". Pero aquí está el detalle que duele: no vinieron solos. Los trajimos. Con nuestro voto, con nuestra indiferencia, con nuestra incapacidad para construir un consenso social que valore los bienes comunes para el presente y el futuro, las personas que habitan y habitarán, por sobre el individualismo salvaje.

Mientras el dengue se expande en Rosario porque los barrios populares no tienen agua potable y deben almacenarla en recipientes que se convierten en criaderos de mosquitos, el discurso oficial responsabiliza al vecino por "un minuto semanal" de prevención. La misma lógica que culpa a los jubilados por querer una pensión digna, a los trabajadores por defender sus derechos, a las comunidades por proteger sus ríos.


La respuesta está en las calles, pero también en las urnas vacías de conciencia. Mientras los organismos de derechos humanos convocan a Plaza de Mayo con los pañuelos blancos como bandera, recordándonos que la memoria es lucha colectiva, el gobierno desmantela los equipos que investigaban los crímenes de la dictadura. La misma sociedad que aplaudió el Juicio a las Juntas en 1985 hoy tolera que se borre la memoria.

No hay consenso social para el cuidado de los bienes comunes porque hemos internalizado que el río es autopista fluvial para exportaciones, que el agua es recurso para la minería, que la salud es mercancía, que el trabajo es costo a reducir. Y sin embargo, paradójicamente, es esa misma falta de consenso la que está pariendo las resistencias más potentes: las diversidades campesinas que en México se organizan bajo la consigna "las diversidades construyen agroecología y soberanía alimentaria contra el fascismo", las comunidades que defienden el Paraná diciendo "los barcos deben adaptarse a los ríos, no al revés".

El pueblo argentino votó esta porquería, sí. Pero también está votando, día a día, en cada movilización, en cada asamblea, en cada defensa del territorio, su propia redención. La pregunta que queda flotando, incómoda como un mosquito en la noche, es si alcanzaremos a construir el consenso que necesitamos antes de que el extractivismo, la precarización y el olvido terminen de consumir lo poco que nos queda en común.

LA RESISTENCIA QUE NO SE VE: CUANDO LA CLASE MEDIA MIRA PARA OTRO LADO PERO LOS PUEBLOS SE ORGANIZAN

| ★ EDITORIAL |

(★).- Mientras la indiferencia se instala como cómoda postura política, las luchas territoriales y sindicales demuestran que la organización popular sigue siendo el único antídoto contra el despojo.
Hay algo profundamente irónico en observar cómo amplios sectores de la clase media argentina se refugian en el desánimo y la indiferencia mientras, en los márgenes del sistema, se libran batallas que definen el futuro del país. Algunos se quejan del salario mínimo que no alcanza pero no salen a la calle, pero en Mendoza miles de jóvenes, trabajadores y estudiantes sí lo hacen defendiendo el agua contra el avance minero. "Hay olor a 2019", repiten, recordando cuando la movilización popular derrotó el intento de modificar la ley protectora del agua.
La misma clase media que se indigna por la inflación pero mira con desdén las protestas ambientales, es la que después sufrirá las consecuencias del saqueo extractivista; la paradoja es cruel. Glencore reactiva la Alumbrera con beneficios fiscales que vacían las arcas públicas, y el gobierno busca modificar la Ley de Glaciares para favorecer este tipo de inversiones, mientras la resistencia se organiza en jornadas de acción plurinacional.
Lo mismo ocurre con la CGT, esa central que aprendió a decir "sí, señor" con cara de enfado. Los dirigentes gremiales cenan con Massa y juegan al "disimulo institucional", y los trabajadores enfrentan aumentos miserables que ni siquiera igualan la inflación y que ya había perdido un 50% de su poder adquisitivo en los primeros meses de gobierno de Milei. El gobierno fija un salario mínimo que queda por debajo de la indigencia, y la respuesta sindical es hacer cara de enojados mientras aceptan amortiguar los enojos de los platos rotos del ajuste. Pero ahí está la clave: la verdadera resistencia nunca viene de arriba. Viene de abajo, de los territorios, de las asambleas, de los colectivos que se organizan contra las salmoneras en Tierra del Fuego, de las comunidades que defienden sus glaciares, de los periodistas que enfrentan un 66% más de agresiones por documentar protestas y resistencias.
La clase media indiferente debiera tomar nota: ellos debaten si salir o no a protestar, y otros están definiendo con su propia lucha si tendrán agua potable en el futuro, si sus hijos trabajarán 48 horas por un salario de hambre, si el país será patio trasero de las corporaciones mineras. La organización popular no espera por el permiso de los desanimados: avanza, resiste y construye, aunque tenga que hacerlo a contracorriente de la indiferencia generalizada. ¿Cuánto tiempo más nos tomaremos para unificar las luchas, identificar quién es el que nos causa tanto malestar y nos expropia el fruto de nuestro sudor? ¿No nos damos cuenta que los cambios que está habilitando este gobierno de Milei no serán reversibles con un próximo, ni con varios otros gobiernos?