| ★ POLÍTICA |
(★).- El exalcalde venezolano que pensó que huir de Maduro lo salvaría, terminó en las garras del ICE.
Carlos García, exalcalde de Mérida, es el vivo ejemplo del chiste macabro que es la política migratoria global. El tipo huyó del "régimen de Maduro", cruzó medio continente, se entregó a la patrulla fronteriza en Texas con "miedo de persecución y tortura"... y ahora el régimen Trump quiere deportarlo a Ecuador. ¡A Ecuador! Un país donde no tiene familia, casa ni conocidos. La ironía es tan gruesa que duele, ... bueno, no tanto.
Este abogado de 42 años, militante de Primero Justicia, fue depuesto por el chavismo en 2017 y condenado a prisión. Huyó primero a Colombia, donde nacieron sus hijos, y luego a Estados Unidos buscando protección. Al mismo tiempo que recibió Estatus de Protección Temporal, el mismo beneficio que el régimen Trump eliminó después.
La situación es tragicómica: García participó en 2011 en un programa del Departamento de Estado para jóvenes líderes sobre democracia y transparencia. Hoy ese mismo país quiere mandarlo a Ecuador como si fuera un paquete mal etiquetado. Su esposa Gabriela Duarte explica que volver a Venezuela significaría encarcelamiento inmediato por causas pendientes. El Tribunal Supremo venezolano lo espera con los brazos abiertos... y esposas. La ley de Amnistía venezolana "es puro teatro", según "defensores de derechos humanos".
Mientras la derecha estadounidense llora por los "presos políticos" en países que no les gustan, detienen a uno de los suyos que llegó pidiendo asilo. García repartía para Amazon y Uber -el sueño americano neoliberal hecho realidad- pero ni eso bastó. La lección es clara: para ciertos sectores, los refugiados políticos solo son útiles como propaganda antiizquierda, no como seres humanos con derechos.
Lo más gracioso es que si fuera un cubano anticastrista, ya tendría su residencia y un programa en la radio de Miami. Pero como es venezolano opositor a un gobierno que Trump ya no necesita como chivo expiatorio... al carajo con él. La hipocresía tiene patas cortas, pero camina rápido cuando hay votos de por medio.
Este abogado de 42 años, militante de Primero Justicia, fue depuesto por el chavismo en 2017 y condenado a prisión. Huyó primero a Colombia, donde nacieron sus hijos, y luego a Estados Unidos buscando protección. Al mismo tiempo que recibió Estatus de Protección Temporal, el mismo beneficio que el régimen Trump eliminó después.
La situación es tragicómica: García participó en 2011 en un programa del Departamento de Estado para jóvenes líderes sobre democracia y transparencia. Hoy ese mismo país quiere mandarlo a Ecuador como si fuera un paquete mal etiquetado. Su esposa Gabriela Duarte explica que volver a Venezuela significaría encarcelamiento inmediato por causas pendientes. El Tribunal Supremo venezolano lo espera con los brazos abiertos... y esposas. La ley de Amnistía venezolana "es puro teatro", según "defensores de derechos humanos".
Mientras la derecha estadounidense llora por los "presos políticos" en países que no les gustan, detienen a uno de los suyos que llegó pidiendo asilo. García repartía para Amazon y Uber -el sueño americano neoliberal hecho realidad- pero ni eso bastó. La lección es clara: para ciertos sectores, los refugiados políticos solo son útiles como propaganda antiizquierda, no como seres humanos con derechos.
Lo más gracioso es que si fuera un cubano anticastrista, ya tendría su residencia y un programa en la radio de Miami. Pero como es venezolano opositor a un gobierno que Trump ya no necesita como chivo expiatorio... al carajo con él. La hipocresía tiene patas cortas, pero camina rápido cuando hay votos de por medio.

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