| ★ POLÍTICA | SOBERANÍA ALIMENTARIA |
(★) Cuba.- Cuba enfrenta su dependencia alimentaria con dos estrategias complementarias: cultivos transgénicos de desarrollo nacional y prácticas agroecológicas tradicionales, ambas apuntando a reducir las importaciones y fortalecer la producción local.
La histórica dependencia de Cuba en la importación de alimentos, especialmente materias primas para piensos animales como maíz y soya, ha sido un lastre persistente para la economía nacional. Esta vulnerabilidad se ha agudizado en un contexto de crisis económica y restricciones financieras externas, obligando al país a buscar soluciones endógenas. La respuesta ha llegado por dos caminos aparentemente divergentes pero complementarios: la biotecnología de vanguardia y la agroecología tradicional.
Por un lado, el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) ha desarrollado variedades transgénicas de maíz y soya específicamente adaptadas a las condiciones cubanas. Estas semillas, resistentes a plagas y tolerantes a herbicidas, representan un esfuerzo científico nacional para sustituir importaciones. Los resultados preliminares son prometedores: en Sancti Spíritus se han logrado rendimientos de hasta cinco toneladas por hectárea, duplicando el potencial del maíz tradicional. La estrategia incluye la creación de un sistema semillero soberano, con proyectos como la UBPC Emilio Hernández en Artemisa aspirando a convertirse en base productiva nacional.
Paralelamente, el Movimiento Agroecológico de Campesino a Campesino de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) impulsa prácticas tradicionales que reducen la dependencia de insumos importados. En cooperativas como la Antero Regalado en Güira de Melena, Artemisa, campesinos emplean humus de lombriz, excrementos animales y policultivos para garantizar el abastecimiento familiar y apoyar instituciones locales. La diversificación de cultivos permite enfrentar fenómenos meteorológicos adversos, asegurando continuidad productiva incluso cuando un cultivo resulta afectado.
Los datos oficiales muestran la escala de esta transición: de 226.568 fincas adscritas a la ANAP, 147.329 han iniciado la transición agroecológica, aunque solo 3.692 poseen certificación para comercialización y exportación. El Decreto 128 de la Agroecología establece el marco legal para este proceso, mientras que el Programa Nacional de Agricultura Urbana, Suburbana y Familiar involucra a más de 200.000 familias en procesos de formación.
Ambas estrategias enfrentan desafíos significativos. Los cultivos transgénicos requieren estricta disciplina tecnológica y enfrentan limitaciones financieras y de insumos, como lo demuestra que en Sancti Spíritus solo se plantaron 382 de las 720 hectáreas liberadas. La agroecología, por su parte, avanza de manera gradual y enfrenta la necesidad de escalar prácticas que actualmente benefician principalmente al autoabastecimiento familiar y comunitario.
La dualidad estratégica refleja una realidad compleja: Cuba necesita soluciones inmediatas para su crisis alimentaria mientras construye sistemas productivos más resilientes a largo plazo. La biotecnología ofrece respuestas de alto rendimiento en condiciones controladas, mientras la agroecología construye soberanía desde la base campesina. El éxito dependerá de la capacidad del país para integrar ambos enfoques, asignar recursos eficientemente y mantener la prioridad nacional en un objetivo común: reducir la vulnerabilidad alimentaria en un contexto de restricciones económicas persistentes.
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