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EL COMPOSITOR QUE LE PLANTÓ CARA AL RÉGIMEN TRUMP

| ★ POLÍTICA Y ARTE |

(★) EEUU.- El minimalista que desafió al poder con su silencio más elocuente.

La historia del arte como resistencia política tiene un nuevo capítulo escrito con notas de protesta. Philip Glass, el icónico compositor minimalista de 87 años, acaba de cancelar el estreno mundial de su nueva sinfonía en el Kennedy Center de Washington. La razón: su rechazo frontal a que el emblemático centro cultural lleve el nombre de Donald Trump, rebautizado como "The Donald J. Trump and The John F. Kennedy Memorial Center For The Performing Arts" desde diciembre de 2025.
Glass, quien fue honrado por ese mismo centro en 2018, tomó una decisión que resuena más fuerte que cualquier acorde. Su gesto no es solo una cancelación, sino un acto de desobediencia cultural contra la instrumentalización de las instituciones artísticas por parte del poder político. El compositor, conocido por obras que exploran la conciencia humana y la espiritualidad, encontró en su arte una herramienta de resistencia.
El Kennedy Center, tradicionalmente un espacio de encuentro cultural bipartidista, se transformó en un símbolo de la polarización política estadounidense. Glass, al tiempo que retira su obra, envía un mensaje claro: el arte no puede ser cómplice de la legitimación de figuras controvertidas. Su acción se inscribe en una larga tradición de artistas que utilizan su plataforma para cuestionar el statu quo, pero con una particularidad: lo hace desde dentro del sistema que alguna vez lo celebró.
La decisión del compositor minimalista expone las tensiones entre el mundo cultural y el político en tiempos de polarización extrema. Por otra parte, revela cómo las instituciones artísticas pueden convertirse en campos de batalla simbólica donde se dirimen conflictos políticos más amplios. Glass, con su característica economía de medios, logró con un solo gesto lo que muchos discursos no consiguen: hacer visible la incompatibilidad entre ciertos valores artísticos y determinadas prácticas políticas.
En un contexto donde la cultura suele ser cooptada por intereses partidarios, la postura de Glass representa un acto de autonomía creativa. Su silencio programado habla más fuerte que cualquier sinfonía, recordando que el arte, cuando mantiene su independencia, puede ser la última trinchera de la dignidad en sociedades cada vez más mercantilizadas y polarizadas. La partitura que no se escuchará en el Kennedy Center se convierte así en la más elocuente de sus composiciones políticas.

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