| ★ POLÍTICA |
(★) Honduras.- La injerencia estadounidense desnuda quiénes realmente deciden la "democracia" en Centroamérica.
El presidente norteamericano Donald Trump se erige como elector supremo en Honduras cuatro días antes de los comicios, trazando desde Washington las líneas rojas de lo políticamente aceptable bajo la retórica del "avance comunista" —esa construcción discursiva que siempre reaparece cuando los intereses geopolíticos requieren disciplinar soberanías nacionales. Mientras el portal noticioso DW documenta el respaldo explícito al empresario Nasry Asfura del Partido Nacional, Infobae detalla cómo Trump califica a la candidata oficialista Rixi Moncada como "cercana al comunismo" por su admiración declarada hacia Fidel Castro, y la agencia informativa ContextoHN completa el cuadro con las acusaciones contra Salvador Nasralla como "comunista al límite" que finge anticomunismo para dividir votos. La narrativa se construye sobre un enemigo fantasmal que justifica cualquier intromisión.
Los datos desmontan el relato. Asfura, el "amigo de la libertad", carga con el estigma de pertenecer al mismo partido que el expresidente Juan Orlando Hernández, condenado a 45 años por narcotráfico en Estados Unidos. Su trayectoria empresarial aparece salpicada por los Papeles de Pandora —empresas offshore en Panamá— y acusaciones de malversación que nunca prosperaron. Mientras Trump elogia su gestión como alcalde de Tegucigalpa, calla que Honduras lleva tres años bajo estado de excepción que restringe derechos constitucionales bajo el gobierno actual. La contradicción es brutal: se acusa de autoritarismo al oficialismo mientras se respalda a un partido con expresidente narcotraficante.
Y la injerencia no es casual. El subsecretario Landau advierte en la OEA sobre procesos "libres de intimidación" el mismo día que Trump interviene abiertamente. Las Fuerzas Armadas hondureñas —señaladas por intromisión en funciones electorales— completan el cerco institucional.
Esta movida desnuda la intensión de mantener el complejo militar-industrial estadounidense desplegado en el Caribe cerca de Venezuela.
La soberanía hondureña, nuevamente es convertida en moneda de cambio geopolítico. El silencio oficial oculta que esta no es lucha ideológica sino control territorial —el mismo que convirtió a Centroamérica en patio trasero durante la Guerra Fría.
Las resistencias existen. Moncada denuncia "trampas" en el sistema de transmisión de resultados. Organizaciones civiles cuestionan la militarización del proceso. Pero la pregunta queda flotando: ¿Hasta cuándo los pueblos centroamericanos seguirán siendo peones en el tablero de Washington?
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