| ★ POLÍTICA PRODUCCIÓN |
(★) Argentina.- La combinación perfecta para el colapso: costos por las nubes, consumo en picada y materia prima que no sirve.
La historia se repite como un mal sueño para las panaderías de la provincia de Buenos Aires. Lo que antes era un oficio noble y estable, hoy se transforma en una batalla diaria contra la inflación, la caída del poder adquisitivo y ahora, un problema inédito: la harina que llega a los hornos es de tan mala calidad que impide fabricar productos básicos. Martín Pinto, presidente del Centro de Panaderos de Merlo, describe un enero "terrible" que anticipa un año catastrófico para el sector.
Los números son contundentes: la harina aumentó entre 5% y 8% en los últimos días, al tiempo que todos los insumos -materia grasa, luz, gas- registraron subas generalizadas. Pero el drama no es solo económico. Pinto denuncia que "no estamos pudiendo fabricar nuestros productos porque la harina está viniendo de muy mala calidad, con un gluten muy bajo". La paradoja es cruel: pese a una cosecha récord de trigo el año pasado, la calidad fue pésima, afectando directamente la producción de pan, facturas y otros productos panificados.
En paralelo, el consumo se desploma. Las familias ajustan sus gastos y el pan, ese alimento básico, se convierte en un lujo para muchos hogares. La situación pone en jaque la supervivencia de las panaderías pequeñas y medianas, aquellas que sostienen empleo en los barrios y garantizan el abastecimiento local. Por otra parte, cada ajuste de precios que intentan los panaderos genera un salto mayor en los costos, creando una espiral sin salida.
La crisis del sector panadero refleja con crudeza el fracaso del modelo extractivista y la especulación con los alimentos básicos. Cuando la calidad de la harina se deteriora al mismo tiempo que los precios se disparan, estamos ante un sistema que prioriza la ganancia sobre la alimentación popular. Las panaderías de barrio, esos espacios comunitarios donde se hornea el pan de cada día, se convierten en trincheras de resistencia frente a un mercado que todo lo convierte en mercancía, incluso el alimento más elemental.

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