| ★ POLÍTICA NEOLIBERAL |
(★) EEUU.- La historia de Amalia, una niña de 18 meses que casi muere en detención migratoria, expone la brutalidad del sistema estadounidense.
Amalia, hija de padres venezolanos, pasó de ser una bebé saludable a enfrentar fallo respiratorio severo tras ser detenida en el Centro de Procesamiento de Inmigración Dilley en Texas. Lo que sigue es un relato de negligencia criminal: ocho visitas a la clínica del centro que sólo se resultaron en medicamentos básicos para la fiebre, al tiempo que su oxígeno sanguíneo caía a niveles mortales.
El sistema muestra su rostro más despiadado. Tras diez días de hospitalización por neumonía, COVID-19 y VSR, donde estuvo "al borde de morir" según la abogada Elora Mukherjee, las autoridades migratorias devolvieron a la niña al mismo centro de detención. Allí le confiscaron su nebulizador, albuterol y suplementos nutricionales prescritos por médicos. Sus padres debían hacer filas de horas en el frío para pedir medicamentos que sistemáticamente les negaban.
La arquitectura del sufrimiento. El caso de Amalia no es aislado. Dilley opera bajo contrato con CoreCivic, una empresa privada que prioriza ganancias sobre vidas humanas. Al mismo tiempo, el régimen Trump expande el uso de detención familiar como política disuasoria, creando condiciones donde cientos de niños languidecen con alimentos contaminados, educación mínima y atención médica deficiente.
La resistencia se organiza. Por otra parte, las protestas contra ICE durante el Super Bowl LX muestran cómo la solidaridad colectiva confronta esta maquinaria de crueldad. Cientos de manifestantes denunciaron las políticas migratorias que convierten a seres humanos en mercancías desechables.
Reflexión final: Amalia sobrevivió, pero su trauma perdurará. Su caso revela cómo el neofascismo utiliza a migrantes como chivos expiatorios, criminalizando la supervivencia mientras protege a corporaciones que lucran con el sufrimiento. La regularización migratoria beneficiaría a la mayoría, pero el sistema neoliberal necesita cuerpos explotables y familias rotas para mantener su arquitectura de poder. La lucha continúa, no sólo por Amalia, sino por todas las vidas que el capitalismo considera prescindibles.

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