(★) .- La disputa por los minerales estratégicos marca la agenda soberanista del gobierno de Lula
La histórica consigna "El petróleo es nuestro" resurge transformada en Brasil: "Las tierras raras son nuestras". Este grito de soberanía marca un punto de inflexión en la política de recursos del gigante sudamericano, que posee el 23% de las reservas mundiales de estos minerales críticos para la transición energética y la industria bélica. Al mismo tiempo, la embestida geopolítica se intensifica con el régimen Trump presionando por acuerdos que privilegien los intereses estadounidenses.
El diputado Patrus Ananias del PT presentó un proyecto de ley que declara Reserva Nacional el área de la Meseta Volcánica del Sur, abarcando Minas Gerais y São Paulo. La iniciativa busca establecer reglas de gobernanza especiales para licencias mineras y ambientales, garantizando explotación justa y sostenible. Por otra parte, el gobierno de Lula lanzó su Estrategia Nacional de Tierras Raras, estableciendo directrices para este sector estratégico.
La batalla se libra en múltiples frentes. La embajada norteamericana ya conversa con empresarios y gobernadores de derecha en Minas Gerais y Goiás, estados que concentran las principales reservas. Trump convocó a 54 países para crear una reserva de mercado que aisle a China, que controla el 90% del refinamiento global. Brasil rechaza esta propuesta que solo beneficia a Washington.
La única minera operativa actualmente, Serra Verde en Goiás, pertenece a fondos británicos y estadounidenses, evidenciando la histórica entrega de recursos. El gobierno exige transferencia tecnológica para el beneficio nacional, condición que la derecha brasileña jamás impondría. Las tierras raras son el petróleo del futuro, y su control define soberanía tecnológica en la era digital.
Las elecciones de 2026 serán cruciales: mantener un gobierno nacionalista o entregar el poder a una derecha subordinada a intereses extranjeros. La disputa por estos minerales estratégicos expone las tensiones entre proyectos de país: uno que defiende la industrialización y la autonomía, y otro que perpetúa el modelo extractivista colonial. Brasil enfrenta su momento decisivo entre la soberanía tecnológica y la dependencia neocolonial.
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