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“LA BÚSQUEDA INTERMINABLE”

| ★ REFLEXIÓN |

(★).- El siguiente artículo de Ana Iliovich va a ser publicado en la revista Altre Modernitá  de la Universidad de Milán  en Noviembre.

Cincuenta años. Número redondo, convención que usamos para rememorar… como los 70 que cumplí hace poco, como los 20 que tenía cuando me secuestraron y llevaron al campo de concentración de La Perla, en Córdoba(1), donde permanecí dos años.

Luego, mucho después, escribí El Silencio. Postales de La Perla. Y se lo dediqué a los hijos.
Aniversario redondo, circular, como la historia que va y vuelve, vuelve, vuelve.

En este número, hacemos memoria y trataré de constatar la existencia de nuevas formas de representación de lo traumático.

Allí están, en las marchas, en las calles, en las redes, las fotos de las y los compañeros desaparecidos, asesinados por la dictadura. Tan jóvenes, tan hermosos, tan hermosas, tan llenos de vida, de esperanza.
Y ya tan lejos de nuestros rostros ajados. 

Ahora, en esta oscuridad que nos envuelve 50 años después, quiero nombrar/encontrar algo, una ventanita, luz, algo que no sólo resiste, también inventa, sostiene, teje nuevas maneras de recordar y seguir.

Ese tejido está hecho de palabras de imágenes, de poesía. Y es de hijos e hijas. Categoría que se extiende no sólo a la organización HIJOS sino a lo que genéricamente podríamos llamar “hijos de los setenta”. La producción artística de los hijos e hijas del exilio, de los presos y presas, del insilio, de las historias desobedientes (hijos de represores que reniegan de ellos), los que vieron y recuerdan borrosamente el terror, los testigos que fueron niños entonces y ahora hacen palabra con eso, testimonios, querellas, justicia y también poesía.

Julián Axat (hijo de desaparecidos, abogado, poeta) en el último día de 2025, escribió en las redes parafraseando a Goebbels: “Cuando oigo la palabra revólver yo saco un poema y les apunto a la cabeza”. 

Hijos e hijas que escriben, que no dejan de estar presentes, que no lograron asesinar a pesar de sus durísimas, imposibles historias.  Hijos e hijas que están llegando a los 50, redondos otra vez, y los festejan escribiendo, cantando y diciendo: nuestra venganza es ser felices. Y agrego: tenaces, creativos, lúcidos, hermosos, luminosos aún con las sombras que nos amenazan. Por ellos, por ellas, vale la pena seguir pensando, escribiendo, viviendo.

Quiero nombrar algunos (son muchísimos más que ni siquiera conozco); Martín Oesterheld, Alejandra Slutzky, Julián Axat, Ramón Inama, Angela Urondo Raboy, Marta Dillon, Ernesto Espeche, Laura Alcoba, Raquel Robles, Mariana Tello Weiss, Fabiana Rousseaux, Paula Bombara y un larguísimo etcétera que se renueva y extiende.

Hay en esta producción un intento, siempre tan valioso como fracasado, de entender la crueldad, en particular esa que se despliega desde el poder, la que promueve el Estado.
Cuatro libros notables, publicados en el último año, me han conmovido profundamente y me parece pertinente recomendar su lectura y análisis.

El primero, que se dio a conocer a fines de 2024, es Sueños y Testimonios de Fabiana Rousseaux, donde analiza el vínculo que fue posible establecer entre psicoanálisis y derecho cuando se logra incorporar las producciones del inconsciente en la lógica jurídica. En él se describe una sinergia absolutamente inédita entre una política de Estado que juzga los crímenes de Lesa Humanidad y el relato de los sueños de las víctimas.

Como dice el prólogo a la edición en español: “Rousseaux enfrenta con valentía la complejidad inherente al desafío de demostrar el valor probatorio de los sueños en el contexto de los juicios por crímenes de lesa humanidad y terrorismo de Estado (…) Lo absolutamente novedoso que inaugura este dispositivo es su apuesta por el trabajo del soñante ante el colapso del lenguaje y la imposibilidad de narrar (…) dándole legibilidad al trabajo de los sueños y sacando a la luz su valor de verdad” (pág. 12-13).

Fabiana (de 12 años cuando su papá fue secuestrado) tuvo la capacidad de interpretar momentos fundantes de nuestra historia y dar respuestas tan inéditas como creativas. Durante su gestión en la Secretaría de Derechos Humanos de Luis Duhalde, se constituyeron y funcionaron los equipos de acompañamiento a los testigos en los juicios de lesa humanidad (2), comprendiendo que “ese” lugar, el del testigo, era clave y de una enorme complejidad dada la dimensión traumática de la vivencia aludida. Pero, también, un lugar imprescindible a la hora de lograr efectividad en la recuperación de la Verdad para que los Juicios resultaran efectivos. 

Así Fabiana, así su último libro, indagando la verdad en los sueños.

Otro magnífico, enorme libro, es Fantasmas de la Dictadura de Mariana Tello Weiss, subtitulado Una etnografía sobre apariciones, espectros y almas en pena. Allí, Mariana dice: “Una de las cualidades del daño infligido es la instalación, en diferentes grados, de una incertidumbre insalvable. Y la incertidumbre es la madre de todos los fantasmas. Los muertos identificados por los forenses “consuman su muerte”, los que no logramos localizar continúan engendrando fantasmas. Fantasmas eternos, ubicuos, cada vez más anónimos, que perpetúan su existencia generación tras generación” (pág. 29).

En otro momento del libro, reproduce los dichos de Héctor Schmucler: “el desaparecido es el que no murió (…) ninguna invención es más cruel que la expresada en la idea del limbo (…) el desaparecido está allí, en la frontera inmóvil” (pág. 122).

Mariana es Hija, asesinaron a su madre con ella en brazos frente a su casa en Tucumán. Héctor Schmucler, ya fallecido, era el padre de Pablo, desaparecido a los 18 años. 

Ambos, desde sus ámbitos académicos y políticos, buscaron, buscan, buscarán. Esa búsqueda interminable va tomando distintas formas, interlocutores, datos, pero es siempre la misma: ¿qué pasó con los desaparecidos? Con todos, pero también con cada uno/a.

Qué pasó.
Qué les hicieron.
Que pensaron.
Cuánto sufrieron.
Por cuánto tiempo.
Dónde están sus huesos.

Otro libro significativo, que se reeditó este año luego de haberse agotado en su primera edición, es Traiciones de Ana Longoni, hija del exilio donde conoció a algunas y algunos “traidores” y se hizo cargo (como también el querido Héctor Schmucler) de acercarse, conocer a los y las sobrevivientes, escuchar sus historias. Justamente quienes luego hicieron posible que los juicios y las condenas por lesa humanidad sucedieran.

Libro valiente, concienzudo, analiza textos que han arrojado un manto de sospecha sobre aquellos que salimos con vida de los campos de concentración, en particular dos libros muy importantes atento a la difusión que adquirieron y el renombre de sus autores: El fin de la Historia de Liliana Heker y Recuerdo de la muerte de Miguel Bonasso. 

Con una prosa nítida y precisa, los analiza y cuestiona el marco interpretativo desde el cual fueron escritos. Ana escudriña el universo concentracionario, el de la tortura ubicua, y critica desde ese universo insondable la categoría de “traidores”, analizando críticamente el imperativo de la lógica sacrificial.

En esta nueva edición, un prólogo de Mariana Tello Weiss le da contexto y permite acercarse a la inmensa conflictividad que precede al tema de los “sobrevivientes” y “testimonios”. Así también, contiene una Introducción de la autora en la que da cuenta de la polémica con Mario Santucho (hijo de Mario Roberto Santucho, el principal dirigente del PRT/ERP, muerto cuando intentaban secuestrarlo en julio de 1976). Mario Santucho, en un artículo de la revista Crisis (3), equipara ligera y arbitrariamente Traiciones con La llamada de Leila Guerriero y los ubica como dos libros atravesados por un “humanismo piadoso” que permitiría arrojar un manto de piedad sobre quienes él llama “los delatores”. 
No me extenderé acá sobre el artículo de Santucho (no es el lugar adecuado) y tampoco sobre el libro de Guerriero, aunque diré sobre este último que no me siento en absoluto representada por este superficial relato de un espanto que de ninguna manera puede ser abordado con liviandad. Sí lamento la difusión que alcanzó, quedando para una vasta red de lectores como “la historia” de lo sucedido en los campos de concentración en Argentina. Considero, en cambio, de una enorme valía el libro de Longoni y su abordaje de la vivencia en los campos y de quienes pudieron contarlo.

Finalmente, el libro Reflujo de Ernesto Espeche, cuyos padres fueron desaparecidos por la dictadura militar. Los huesos de su papá fueron encontrados en el Pozo de Vargas en Tucumán y a raíz de eso escribió su primera novela, 129 metros (los que recorre el ascensor para llegar a la base del Pozo donde se encontraron los huesos).

Reflujo es su segunda novela. En ella, Ernesto dice que la memoria es el arte que nos enseña a sobrevivir al horror. El amor a la palabra sobrevive. No puede hacer nada para suprimir el dolor, pero puede acogerlo, alojarlo, compartirlo, hacer comunidad. Ernesto construye esta historia para sacudirnos, ponernos alertas y pensarnos en este presente de crímenes y crueldades expuestas “a cielo abierto”, en el que tenemos tanta información y parece tan macabramente inservible para detener el odio. También dice: “el pasado es presente para nosotros, a nadie le gusta quedarse en el pasado, lo que pasa es que para nosotros ese horror es presente continuo. Se repite…” (pág. 102).

Entre muchas otras maneras posibles, podría definir Reflujo como una novela “de borde” o “en el borde” del dolor de un hijo de desaparecidos. Un estallido ante tanto dolor, un brote de locura (el personaje principal se presenta como alguien “medicado”) haciendo eso que no se debe: justicia por mano propia. En Reflujo, la mano es la mano que golpea a un torturador con el fémur del padre desaparecido y recuperado en el Pozo de Vargas. ¿O es el fémur del padre el que se apodera de la mano del hijo para hacer, por fin, justicia?

Reflujo, como su nombre tan preciso lo dice, plantea un ida y vuelta en el estómago y en el tiempo. Un al borde del vómito, un círculo donde la repetición insiste, ¿un “sin salida”? Y entonces —una clave, creo— aparece la pregunta sobre la ética de la venganza: “El pañuelo blanco viene con un instructivo no escrito acerca del ejercicio de la buena memoria. Organizarse, sí. Recordar, sí. Exigir, sí. Venganza no, nunca jamás” (pág. 59). Y más adelante: “¿Será que el ascenso del nuevo régimen dejó sin efecto todos los acuerdos preexistentes?” (pág. 59). Julio (alter ego de Ernesto) piensa, discute con su legado, y Ernesto nos lo cuenta: “Nosotros jamás seremos iguales a nuestros verdugos. ¿No es una mierda no poder ser jamás iguales a ellos? ¿De qué sirvió ser diferentes, si no logramos evitar que vuelvan?... Y volvieron, mamá” (pág. 38).

Entonces se habla en estos cuatro textos de Sueños, Fantasmas, Traiciones, Huesos, y en todos los casos, de esa justicia im/posible ante tanto dolor, tanta crueldad desplegada en las “malas muertes” y en los hijos e hijas y sobrevivientes de ellas. Asombra el hilo conductor que hay entre ellos y que surge de la imperiosa necesidad de saber qué pasó. Cada hueco que dejó la ausencia, sin ley y sin palabra, un efecto del pacto de silencio de los perpetradores, ha generado Sueños, Fantasmas, Traiciones y Huesos. Son nuestra manera de hablar de aquellos que se llevaron, los que no volvieron. Cada uno de estos libros tiene que ver con esa búsqueda de alguna señal, alguna “aparición”. 
Así, en los sueños de Fabiana, en los fantasmas de Mariana, en los recuerdos de los sobrevivientes de Ana, en los huesos de Ernesto, en todas y cada una de sus palabras, en estas indagaciones diversas y originales, está la búsqueda. La búsqueda de ese retacito que quedó, esa foto vieja y renovada de mil maneras para ahuyentar el ajado paso del tiempo (¡50 años!), “ese” relato con alguna palabra rescatada antes de la muerte. 

En la España de Franco, muchos condenados a muerte escribían una última carta a los familiares. Otros, muchos, ni eso. He leído reproducciones de esas terribles cartas: son algo, un registro, una certeza, un dolor inmenso, pero otro. Nosotros no tuvimos eso. Pero a cuentagotas algo se va logrando, un huesito, “ese” huesito. En 2025, casi milagrosamente, se encontraron restos humanos muy cerca de La Perla, donde siempre dijimos que debían estar. Recién ahora, en esa mágica conjunción de ciertas voluntades, se pudieron remover los terrenos y encontrar… Si no, ¿cómo se entiende el infinito valor de un hueso? Ese hueso es el padre, es la madre. Es el que, en la novela, golpea al torturador. Ese hueso hace justicia por “mano propia”. 

Tengo la dolorosa experiencia del encuentro con familiares de desaparecidos en La Perla que me traen una foto, “esa” foto, vieja, única, el pedacito que quedó de papá y mamá, de un hermano o hermana. Esa foto que quiero reconocer, pero no lo logro. Tal vez no le vi. Hace 50 años, ojos vendados, absoluta confusión y espanto. No le vi y no puedo dar ese rastro y no puedo hacer aparecer… y no puedo.
Hoy, nuestro presente se nos llena de un espanto que tratamos de conjurar con reflexiones, con arte. Tomo una cita de El Silencio: “sin embargo, seguimos intentándolo: ordenar, clasificar, descubrir, recordar, entender… La memoria trae en retazos escenas, olores, imágenes, voces, gritos. Los retazos se unen y arman una colcha (como esas que tejen las abuelas). La colcha no es perfecta, tiene agujeros, pero abriga. Sirve para sobrevivir” (pág.15).

Estos libros, estas enormes búsquedas son para mí conjuros contra el fascismo, enfrentan el sinsentido, el dolor, aunque, como dice el personaje de Reflujo, “no se cierra, nada se cierra, ni la historia ni las heridas: esta historia y estas heridas nunca cierran” (pág. 127).
Sin embargo, como sobreviviente y como psicoanalista y como escribiente, sé que hay algo de la palabra que calma, organiza el dolor, lo ordena y entonces lo alivia. Al menos, de a ratos.


Bibliografía
Espeche, E. (2025) Reflujo. Paradiso Ediciones. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 
Iliovich, A. (2017) El Silencio. Postales de La Perla. Los Ríos Editorial. Villa Allende.
Longoni, A. (2024) Traiciones. La figura del traidor (y la traidora) en los relatos acerca de sobrevivientes de la represión. Ediciones Documenta. Córdoba.
Rousseaux, F. (2024) Sueños y Testimonios. Inconsciente y discurso jurídico. La Cebra editorial. Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Tello Weiss, M. (2025) Fantasmas de la Dictadura. Una etnografía sobre apariciones, espectros y almas en pena. Editorial Sudamerican. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 

Notas
(1) El Centro Clandestino de Detención por el que pasaron alrededor de 2500 secuestrados y del que se estima que sobrevivieron 200.
(2) Durante su gestión se creó el primer Plan de acompañamiento a víctimas-testigos y el Centro de Asistencia a víctimas de violaciones de Derechos Humanos “Dr. Fernando Ulloa”.
(3) Revista Crisis nro. 62, junio de 2024. “Quién entregó a mi viejo” de Mario Santucho.

2 comentarios:

  1. Como siempre, Ana. Profunda, pensante, rescatado con crudeza la realidad vivida y poniendo una esperanza luminosa en la

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