| ★ POLÍTICA ALIMENTARIA |
(★) Argentina.- La omisión calculada de un debate fundamental para el pueblo trabajador.
En un país que históricamente se jactó de ser "el granero del mundo", el silencio sobre soberanía alimentaria resulta sospechoso. La Argentina produce alimentos para 400 millones de personas, pero al mismo tiempo enfrenta índices de pobreza que superan el 40% y una inflación que devora los salarios. Esta paradoja no es casualidad: responde a un modelo extractivista diseñado para exportar commodities mientras la mesa de les argentines se vacía.
El concepto de soberanía alimentaria choca frontalmente con el proyecto neoliberal de Javier Milei. Su gobierno prioriza las exportaciones agroindustriales por sobre el acceso popular a alimentos nutritivos. Las corporaciones del agronegocio concentran tierras y recursos, desplazando a pequeños productores y comunidades originarias. El discurso oficial habla de "libertad" pero calla sobre el derecho a decidir qué se produce, cómo y para quién.
Los medios hegemónicos, cómplices de este silencio, reducen el debate alimentario a precios y ofertas. No cuestionan la dependencia de insumos importados, la pérdida de semillas nativas ni la contaminación por agrotóxicos. Por otra parte, las organizaciones populares que levantan estas banderas enfrentan criminalización y estigmatización.
La ausencia de soberanía alimentaria en la agenda pública refleja una derrota política. Mientras el régimen Trump impulsaba políticas agrícolas nacionalistas, aquí se profundiza la subordinación al mercado global. El resultado es claro: un país rico en alimentos con hambre creciente, donde la comida se convierte en mercancía en lugar de derecho.
La lucha por la soberanía alimentaria implica disputar el modelo productivo, redistribuir la tierra y priorizar mercados locales. Es una batalla contra el agronegocio transnacional y por la autonomía de los pueblos. Su silenciamiento no es inocente: protege intereses que prefieren un campo sin campesines y ciudades con góndolas vacías. Recuperar esta bandera significa cuestionar quién controla nuestra comida y, por tanto, nuestro futuro.

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