| ★ POLÍTICA |
(★) Portugal.- La ultraderecha amenaza con conquistar el Palacio de Belém en una histórica segunda vuelta.
Portugal vive un momento histórico que rompe cuatro décadas de tradición política. Por primera vez desde 1986, las elecciones presidenciales necesitarán una segunda vuelta el 8 de febrero, enfrentando al socialista António José Seguro con el ultraderechista André Ventura del partido Chega. Los resultados del primer turno muestran una sociedad profundamente dividida: Seguro obtuvo 31,13% de los votos, Ventura alcanzó 23,49%, el candidato de centro-derecha João Cotrim Figueiredo se quedó en tercer lugar con 15,99%.
La fragmentación política portuguesa se manifiesta con crudeza. Ventura, líder del Chega, construyó su plataforma sobre discursos antiinmigración y anticorrupción, posicionándose como la segunda fuerza política del país. Su retórica confrontacional ya se dejó sentir en la noche electoral cuando atacó al socialista acusándole de defender "más impuestos, más burocracia y más inmigración descontrolada".
Pero el escenario presenta una dinámica sorprendente: figuras notables de la derecha tradicional -del PSD, CDS-PP e incluso la Iniciativa Liberal- están declarando su apoyo a Seguro en lo que se perfila como un "voto anti-Ventura". Este movimiento transversal revela el rechazo de sectores conservadores al proyecto extremista del Chega, generando una alianza defensiva de la democracia que trasciende las tradicionales divisiones izquierda-derecha.
La elección ocurre en un contexto de gobierno semipresidencial donde el presidente tiene poderes limitados pero cruciales en momentos de crisis: comanda las Fuerzas Armadas, puede disolver el Parlamento y destituir gobiernos. La salida de Marcelo Rebelo de Sousa después de una década en el cargo abre un vacío que la ultraderecha pretende llenar.
La segunda vuelta se transforma así en un plebiscito sobre el modelo de sociedad portuguesa. Seguro convocó a "todos los demócratas y progresistas a unirse contra el odio y la discriminación", por lo cual la derecha moderada enfrenta su propia disyuntiva: apoyar al extremista o al socialista. El 8 de febrero no solo elegirá un presidente, sino que definirá si Portugal mantiene su tradición democrática o se suma a la ola reaccionaria que recorre Europa.

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