| ★ POLÍTICA |
(★) Brasil.- El presidente brasileño se planta ante el movimiento campesino con anuncios millonarios y un discurso que conecta la lucha por la tierra con la geopolítica global.
La historia del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) se escribe con sangre, tierra y resistencia. Cuatro décadas después de su fundación, el movimiento que desafió al latifundio brasileño recibió al presidente Lula da Silva en su 14° Encontro Nacional en Salvador, Bahía. El encuentro no fue solo un acto protocolario: se transformó en una plataforma donde confluyeron la política agraria doméstica, la crítica al imperialismo estadounidense y una apuesta estratégica por la representación política.
Al mismo tiempo que anunciaba inversiones por 2.700 millones de reales para reforma agraria, Lula respaldó las críticas del MST contra el agronegocio y el modelo extractivista. "Cuando criticamos el agronegócio, 90% de las críticas son verdaderas", afirmó el mandatario, trazando una línea clara entre la agricultura familiar que alimenta a los brasileños y el agronegocio orientado a la exportación. Esta postura marca un giro significativo en la retórica oficial, al tiempo que reconoce décadas de denuncias del movimiento campesino.
El evento adquirió dimensión internacional cuando el MST leyó una carta que condenaba la agresión militar de Estados Unidos contra Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores. El documento caracterizó el momento actual como "de guerras y avance del imperialismo en nuestro continente", conectando explícitamente la lucha por la tierra en Brasil con la defensa de la soberanía latinoamericana frente a lo que calificó como "intereses de saqueo" de recursos naturales.
En paralelo, Lula lanzó un llamado contundente a la participación política del movimiento. "Gracias a Dios tomaron la decisión de entrar en la política", celebró al conocer que el MST lanzará 18 candidaturas a diputados federales y estatales en las próximas elecciones. Su argumento fue directo: "La desgracia de quien no participa de la vida política es que es gobernado por quien sí participa". Esta apuesta electoral busca romper la hegemonía de la bancada ruralista que, según Lula, cuenta con 574 diputados frente a apenas dos representantes sin tierra.
Los anuncios concretos de reforma agraria abarcaron 113.700 hectáreas que beneficiarán a 5.268 familias en diez estados. El paquete incluye desde la compra de la Fazenda Pombo Roxo en Bahía hasta un acuerdo judicial histórico en Paraná que regularizará 32.378 hectáreas para 1.900 familias con una inversión de 584 millones de reales. Por otra parte, se formalizó un crédito habitacional de 1.015 millones de reales con la Caixa Económica Federal para construir 10.000 viviendas en asentamientos.
La dimensión educativa no estuvo ausente: se amplió en 25% el presupuesto del Programa Nacional de Educación en la Reforma Agraria (Pronera), que alcanzará 61,9 millones de reales para atender a 33.000 familias. Al tiempo que se anunciaba la creación del primer curso de medicina dentro del programa, se destacó la contratación de 700 nuevos servidores para el Incra y la creación de direcciones específicas para obtención de tierras y comunidades quilombolas.
El encuentro ocurre en un contexto donde, según la carta del MST, "más de 100.000 familias permanecen acampadas en Brasil" y la reforma agraria está "bloqueada por la burguesía brasileña y el avance del modelo del agronegocio". Esta realidad contrasta con los anuncios gubernamentales, generando expectativas sobre la capacidad de implementación real de las medidas prometidas.
La presencia de Lula en el MST representa más que un acto político: es un reconocimiento a cuatro décadas de lucha que, según el presidente, permitieron que "Brasil llegara a donde llegó". Sin embargo, la verdadera prueba estará en si estos anuncios se traducen en transformación concreta para las miles de familias que siguen esperando tierra, o si quedarán como promesas en medio de la compleja correlación de fuerzas que enfrenta el gobierno. La apuesta electoral del movimiento, por su parte, busca cambiar desde adentro las reglas de un juego históricamente dominado por los intereses del agronegocio.

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