| ★ POLÍTICA |
(★) Argentina.- Una declaración que revela la profunda crisis de representación en la cúpula sindical.
La frase del secretario general de la CGT, Jorge Sola, resulta tan lastimosa como reveladora: "Hay que decirle a senadores y diputados que tienen la suerte de los trabajadores en las manos". Esta afirmación, publicada por Tiempo Argentino, expone una concepción rastrera de la política sindical que merece ser desmenuzada con crudeza. Lo que Sola plantea es una rendición anticipada, una aceptación tácita de que el destino de la clase trabajadora depende de la voluntad de los legisladores y no de la fuerza organizada del movimiento obrero.
Resulta imposible comprender cómo desde la histórica central obrera se pueda sostener semejante postura. La suerte de las trabajadoras y trabajadores no está en manos de senadores o diputados, sino en la capacidad de movilización, en la unidad combativa, en la fuerza colectiva que históricamente ha conquistado derechos frente a los embates del capital. Al tiempo que el gobierno impulsa una reforma laboral regresiva, la dirigencia cede el protagonismo a los pasillos del Congreso en lugar de fortalecer la acción directa.
Esta declaración habla de un estado de sumisión preocupante. En lugar de convocar a la movilización masiva, Sola habla de "convencimiento" y "contactos con representantes políticos". La estrategia parece reducirse a un lobby parlamentario, como si los derechos laborales se negociaran en oficinas climatizadas y no en las calles. El dirigente admite que el plan de lucha "no es solo estar en la calle", lo que equivale a reconocer que prefieren el diálogo con el poder antes que el enfrentamiento necesario.
Lo verdaderamente trágico es que esta postura se da en un contexto donde la reforma laboral amenaza con precarizar aún más las condiciones de vida de millones. En paralelo, la dirigencia sindical parece haber olvidado que su fuerza proviene de las bases, no de su capacidad de negociación con la clase política. Esta concepción rastrera de la acción sindical refleja una burocratización que distancia a los dirigentes de quienes dicen representar.
La historia del movimiento obrero enseña que los derechos se conquistan con lucha, no con súplicas a los legisladores. Cuando los dirigentes renuncian a la fuerza colectiva como herramienta principal, traicionan el legado de quienes construyeron el sindicalismo combativo. Esta postura no solo es lastimosa: es una claudicación que deja a la clase trabajadora más vulnerable frente a los embates neoliberales.

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