| ★ POLÍTICA |
(★) Japón.- La disolución del parlamento japonés pone sobre la mesa el debate más crucial desde la posguerra: mantener o abandonar los principios antinucleares.
El régimen de la primera ministra Katsuya Kobayashi ha desatado una tormenta política al proponer la revisión de los tres principios antinucleares, una piedra angular de la identidad pacifista japonesa desde 1967. Al mismo tiempo, la coalición gobernante busca adelantar la modificación de documentos de seguridad nacional que podrían transformar radicalmente la postura defensiva del país. Esta ofensiva conservadora encuentra su contraparte en un emergente bloque de centro reformista que acaba de formarse precisamente para frenar lo que califican como "peligrosa deriva militarista".
La tensión alcanzó su punto álgido cuando el Partido Comunista Japonés y organizaciones pacifistas realizaron manifestaciones frente a la estación de Ochanomizu en Tokio, coincidiendo con el quinto aniversario del Tratado de Prohibición de Armas Nucleares. Los activistas denunciaron que el gobierno nipón sigue dando la espalda a este acuerdo internacional, al tiempo que se pliega a las exigencias del régimen Trump que reclama incrementar el gasto militar al 3,5% del PIB. "Estamos ante una elección histórica: un Japón nuclearizado o un Japón que se mantenga fiel a su condición de único país víctima de bombas atómicas", clamaban los manifestantes.
Por otra parte, la diputada Kanako Yamamoto del Partido Komeitō reveló los tres puntos que más le alarmaron del acuerdo entre el Partido Liberal Democrático y el Partido de la Renovación Japonesa: la revisión de principios antinucleares, el ejercicio pleno del derecho de autodefensa colectiva y la eliminación de restricciones para transportar armas letales. "Si el gobierno actual logra una victoria aplastante, estos tres puntos avanzarán sin duda", advirtió la legisladora, quien ahora apuesta por la nueva coalición de centro como dique de contención.
El escenario electoral se presenta como un pulso entre dos visiones irreconciliables: quienes buscan "normalizar" la postura militar japonesa y quienes defienden el pacifismo constitucional. En paralelo, la sociedad civil se moviliza recordando que Hiroshima y Nagasaki no son solo nombres en los libros de historia, sino heridas colectivas que exigen un compromiso inquebrantable con la no proliferación nuclear. La disyuntiva es clara: rearmarse ante las tensiones geopolíticas o reforzar la diplomacia pacifista que durante décadas distinguió a Japón en el escenario internacional.

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