| ★ UNA MIRADA DESDE BRASIL |
(★) Brasil.- El ataque estadounidense a Venezuela expone la cruda realidad geopolítica que Brasil debe enfrentar.
Según el análisis realizado por el medio Brasil de Fato, la operación militar norteamericana contra Venezuela, con el secuestro de Nicolás Maduro y bombardeos en cuatro estados, marca un punto de inflexión histórico. No se trata de un hecho aislado sino de la materialización de una doctrina de seguridad que considera a América Latina como patio trasero exclusivo. Los Estados Unidos ejecutaron una escalada calculada: primero modificaron legislación doméstica sobre narcoterrorismo, luego desplegaron fuerzas aeronavales en el Caribe, realizaron ejercicios bélicos con aliados regionales y finalmente ejecutaron bombardeos fronterizos antes del ataque directo. Esta estrategia gradual buscaba testear reacciones internacionales que, en su mayoría, se limitaron a tibias notas de repudio.
La respuesta venezolana revela las limitaciones de los modelos defensivos asimétricos. Aunque el chavismo mantuvo el gobierno a través de la vicepresidenta Delcy Rodríguez y evitó un vacío de poder, el secuestro del presidente desde el Forte Tiuna expuso vulnerabilidades en el sistema de seguridad. El diseño defensivo venezolano, basado en guerra popular prolongada y descentralización del mando, demostró ser insuficiente ante operaciones de comando de alta tecnología. La comunidad internacional mostró una debilidad alarmante: Rusia y China priorizaron sus intereses regionales, Europa se limitó a declaraciones preocupadas y los organismos latinoamericanos como la CELAC mostraron profundas divisiones.
Para Brasil, la lección es brutalmente clara. El país erró al no reconocer las elecciones venezolanas, al bloquear su ingreso a los BRICS y al fallar en construir liderazgo regional sólido. La estrategia de "autonomía por diversificación" resultó insuficiente frente al unilateralismo estadounidense. Con solo 2.000 efectivos en Roraima y un discurso diplomático vacilante, Brasil queda expuesto como posible próximo objetivo, especialmente si sectores de derecha local insisten en criminalizar movimientos sociales bajo el rótulo de "narcoterrorismo". La multipolaridad prometida se revela frágil cuando la única potencia con capacidad de proyección global recurre abiertamente a la fuerza.
En este tablero geopolítico rediseñado por la violencia, América del Sur enfrenta una disyuntiva existencial: o construye con urgencia mecanismos de defensa colectiva y autonomía estratégica, o cada país será devorado individualmente por las potencias que deciden el menú internacional. La soberanía ya no se negocia en foros multilaterales sino que se definve con unidad regional o se pierde ante la lógica del más fuerte.
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