| ★ OPINIÓN |
(★).- Érase una vez un reino llamado Argentina, donde los magos del dinero habían descubierto la piedra filosofal del capitalismo: endeudarse para pagar deuda. Sí, como suena. Como pagar la tarjeta con otra tarjeta, pero en versión país.
El hechicero jefe, don Luis Caputo, un hombre con cara de cuero italiano y aroma a fragancia offshore de las Islas Caimán, salió a los mercados internacionales con su varita de tasa fija y dijo: “¡Por favor, 3.000 millones de dólares más! Es para pagarles a los que ya nos prestaron… para pagarles a los otros que ya nos prestaron”. Y los banqueros, que siempre tienen una lágrima lista para los intereses, aplaudieron con sus manos de seda y sus corbatas de mil euros.
El BCRA, que en teoría debería cuidar la moneda, se convirtió en el Houdini financiero: hace desaparecer reservas mientras todos miran para otro lado. “¿Cómo lo hace?”, se preguntan los adultos mientras toman mate y miran el telediario como quien mira un partido de fútbol que ya está perdido.
Milei, el desequilibrado libertario de pelos desalineados y discursos alineados con el FMI, dice que quiere “liberarnos de Wall Street”. Pero resulta que Wall Street está en el living, tomando mate, ¡y hasta ya tiene su propio porongón con el logo de Estudiantes! Mientras tanto, Caputo firma cheques con una mano y saluda a los chinos de Bank of China con la otra. “Somos libres”, dicen. Sí, libres como el ave fénix: cada vez que se queman, renacen… endeudados.
La izquierda, esa que todavía cree en los países soberanos y otras utopías, grita: “¡La deuda es un mecanismo de dominación!”. Pero los muchachos de derecha le respondieron: “Sí, pero con estilo”. Porque endeudarse ya no es solo un problema: es performance financiera. Es arte. Es como hacer un happening en el Malba pero con bonos y tasas del 7,4%. El pago es poético: le debemos a los que nos hundieron, y les pagamos con plata que nos prestan… los mismos. ¡Un círculo virtuoso de masoquismo macroeconómico!
Y mientras tanto, el pueblo, ese cuyo humor social expresa "esperanzas" sin optimismo, sigue tomando mate. Porque el mate no se vende en bonos. Todavía. “¿Cuándo nos tocará a nosotros?”, se pregunta mientras ve cómo el riesgo país baja… y la pobreza sube. Como si fueran dos engranajes que solo funcionan en sentido contrario.
Pero tranquilos. En este cuento no hay príncipes ni final feliz. Solo hay bonos, bancos y bancarrota, ah también una urna con votos violetas y un ministro que sonríe mientras firma el próximo préstamo. Porque en el país de los prestamistas felices, la deuda no se paga. Se refinancia. Y el mate, mientras tanto, sigue caliente… como el horno que nos están preparando.
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