miércoles, 7 de enero de 2026

DEEPFAKES: LA GUERRA COGNITIVA CONTRA VENEZUELA

| ★ TECNOLOGÍA POLÍTICA |

(★).- La manipulación informática como arma de desestabilización política

La historia de la desinformación como herramienta de dominación imperial tiene capítulos oscuros, pero la inteligencia artificial ha inaugurado una era donde la mentira se viste de evidencia digital. En enero de 2026, tras el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro, las redes sociales se inundaron de contenido fabricado que buscaba legitimar la agresión estadounidense y manipular la percepción pública global.
La ofensiva desplegó una estrategia metódica: imágenes generadas por IA mostraban a Maduro custodiado por agentes de la DEA, videos falsos acumulaban cientos de miles de visitas en TikTok, y audios sintéticos simulaban mensajes del mandatario desde su detención ilegal. La investigación del Observatorio de Medios de Cubadebate revela cómo operó esta maquinaria de guerra cognitiva, donde la tecnología no sirve para informar sino para confundir, polarizar y justificar intervenciones.
El patrón es claro: shock emocional inicial, saturación de variantes para dificultar el rastreo, y atribución de culpables antes de cualquier verificación. Desde la imagen de un supuesto comandante cubanoamericano de fuerzas Delta -totalmente fabricada- hasta videos reciclados de películas presentados como torturas, la desinformación sintética busca imponer marcos interpretativos que condicionen reacciones colectivas. Lo más preocupante: según estudios, solo el 30% de quienes consumen noticias falsas llegan a ver los desmentidos.
Esta ofensiva no es casual ni aislada. En contextos de alta polarización como Venezuela, bajo sanciones y guerra psicológica permanente, los deepfakes operan como dispositivos sostenidos de presión. La experiencia demuestra que la defensa más efectiva no requiere convertir a toda la población en expertos forenses, sino cultivar un reflejo cívico básico: pausar antes de compartir, exigir procedencia, contrastar fuentes y, sobre todo, no amplificar contenido sospechoso. Las plataformas digitales tienen responsabilidad en esta batalla, pero la conciencia colectiva sigue siendo el antídoto más poderoso contra quienes pretenden convertir la verdad en botín de guerra.

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