| ★ OPINIÓN |
(★).- Una crítica al activismo de pantalla y a las izquierdas que administran el horror ajeno.
El fantasma de los revolucionarios históricos ronda las redes sociales como memes vacíos, mientras las izquierdas contemporáneas navegan entre la burocracia estatal y el activismo virtual. La pregunta que flota en el aire es punzante: ¿dónde quedó la potencia transformadora cuando los discursos se convierten en cursos de capacitación y las declaraciones reemplazan a la acción directa?
Ayer, mientras tanto, el Estado terrorista y pedófilo de Estados Unidos bombardeó Caracas y otros pueblos de Venezuela, asesinó gente y secuestró al presidente electo democráticamente. La izquierda institucional respondió con un comunicado de “preocupación” y una invitación al diálogo.
Petro, el exguerrillero devenido en presidente, simboliza esta paradoja. Su trayectoria muestra la transición de la lucha armada a la gestión institucional, un camino que muchos movimientos progresistas latinoamericanos han transitado con resultados ambiguos. El Frente Amplio uruguayo, Morena en México, y otras experiencias similares enfrentan el mismo dilema: cómo mantener la radicalidad transformadora desde el poder estatal. Ayer, ninguno de ellos rompió relaciones diplomáticas, cerró espacios aéreos ni convocó a movilización. Solo pidieron calma.
Lula, el "presidente obrero" cuya base electoral responde al Partido de los Trabajadores, ha olvidado (o simula hacerlo) la teoría de las contradicciones (en los países oprimidos por el imperialismo, la contradicción social principal es la del “pueblo” contra el enemigo imperialista). Para qué quieren llegar a la presidencia, ¿para gestionar la miseria y convertirse en los mejores rastreros timoratos de la historia?. Ayer lo demostraron.
Al menos Milei o Kast no engañan: gobiernan para el capital y lo gritan. Traicionan la vida de los suyos, pero no la consigna. La izquierda institucional, en cambio, traiciona dos veces: la del pasado que invoca y la del presente que desmiente. Bolívar soñaba una América unida; hoy sus sucesores se esconden tras escusas para mantener sus privilegios.
Petro, Lula, Orsi, Sheinbaum administran el Estado.... ¿Lo pondrán a ese Estado al servicio de la soberanía de los pueblos de nuestra América como sostenían las banderas de nuestros libertadores Bolívar, San Martín, Artigas, Zapata/Villa, Marighella? Ayer no lo hicieron.
La virtualidad ofrece un espacio aparente de resistencia, pero demasiadas veces se convierte en simulacro que tranquiliza conciencias sin alterar estructuras de poder reales.
La historia latinoamericana está plagada de ejemplos donde los procesos revolucionarios se institucionalizaron hasta perder su filo transformador. La crítica no es al diálogo con las instituciones, sino a la pérdida de horizonte estratégico. Cuando la gestión reemplaza a la transformación, cuando los discursos en redes suplantan a la organización popular, la izquierda corre el riesgo de convertirse en administradora del sistema que juró cambiar. Ayer, ese riesgo se volvió vergüenza concreta.
La verdadera pregunta no es qué harían los revolucionarios del pasado, sino qué estamos haciendo nosotres en el presente para construir poder popular más allá de las pantallas y los cargos institucionales. Y más urgente: qué hacemos ahora, que el Imperio secuestra presidentes y bombardea a nuestros pueblos.
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